LA PSICOLOGÍA DE LAS REDES SOCIALES

El siglo XXI nos esta trayendo una revolución como pocas en la historia de la humanidad, un mundo que tan sólo 20 años atrás parecía casi impensable. Si la ciencia-ficción nos dibujaba un siglo XXI donde hasta el mas común de los mortales disfrutaría de, al menos, un viaje interestelar al año y dos asistentes robóticos que le facilitaran la vida, lo cierto es que la tecnología que ya en los 90 se empezaba a adivinar nos ha traído cambios mucho más trascendentes y alucinantes que ese mundo tipo “Blade Runner” que se dibujaba en la ciencia ficción más exitosa de los años 80.

No vamos a ser nosotros los que aquí enumeremos las posibilidades que nos permite un dispositivo móvil o un ordenador, de sobra conocidas y utilizadas por cualquiera que se encuentre leyendo esto. Pero todo este nuevo y apasionante mundo del que apenas estamos empezando a disfrutar, y que seguramente en los próximos años siga sorprendiéndonos, no es gratuito para el ser humano y, obviamente, no hablamos de lo económico, que dicho sea de paso, también.

Si preguntásemos acerca de cuál de todas estas nuevas utilidades de las que disfrutamos en los últimos años es la más usada por las personas, obviamente la respuesta no puede ser otra que las redes sociales, y aunque muchos no participen de faceboock o twitter, la gran mayoría si que es consumidor “masivo” de aplicaciones tipo WhatsApp. Las redes sociales han cambiado hasta el punto de lo inimaginable nuestras formas de relación, e incluso, de comportamiento. Apenas han bastado unos pocos años para que el fenómeno de las redes sociales se convierta en el precursor de una nueva era que, de momento, tan sólo nos desvela la soledad a la que durante siglos parece haber estado sometido el ser humano.

Resulta casi patológico, y en según en que circunstancias sin el casi, la constante necesidad que parecemos sentir de publicitar nuestra existencia desde nuestro dispositivo móvil, de saber que hay alguien al otro lado dispuesto a contestarnos o simplemente a leernos, de anunciar al mundo que nos hemos levantado, nos tomamos un café, estamos aparcando en el “super” o nos vamos a dormir. De todo nuestro mundo hacemos una noticia que esperamos que sea leída y contestada, porque de lo contrario nuestro estado de ánimo sufre, y nuestro carácter torna más ansioso, más agrio, y nuestro día deja de tener sentido si aquel, o aquellos, no dan réplica a ese momento tan fantástico que acabamos de colgar en red.

Apenas podemos imaginar que cualquiera de nosotros podamos estar simplemente 30 minutos sin comprobar las alertas de nuevos mensajes, los lunes porque empezamos la semana y los domingos porque la acabamos, cualquier día de nuestra vida implica no menos de 100 acciones comunicativas sobre nuestro teléfono móvil, aunque estemos en la mejor de las compañías y apenas seamos conscientes de necesitar nada más allá de lo que tenemos al alcance de nuestra mirada. Y aunque parezca que estemos describiendo el comportamiento de un adolescente, no, es el comportamiento del adulto europeo medio de este siglo, ese que luego critica al adolescente por las largas horas que pasa ensimismado delante de la pantalla de su aparato móvil, pero que tan sólo repite el comportamiento del “adulto responsable”. ¿De verdad nos resulta tan imposible dejar incomunicado nuestro teléfono móvil? Pues parece ser que sí, y no sólo eso, sino que además utilizamos esta nueva forma de comunicación como epicentro de nuestras relaciones y nuestro bienestar emocional, aunque parezca exagerado ¿Por qué de éste fenómeno? ¿Cuál es la razón que mueve nuestro comportamiento en las redes sociales?

Seguramente lo que digamos aquí se parezca poco a la realidad, o si se parece, tan sólo describamos una parte ínfima de los motivos, pero detrás de este comportamiento podemos descubrir un complejo mundo de razones y psicopatología personal, y aunque somos conscientes de que la sociedad se encuentra en pleno proceso de cambio y cualquier comparación con el pasado cuanto menos resulta arriesgada, hemos querido ponernos en la piel del psicólogo de los años 90 y nos hemos propuesto un pequeño juego, el de analizar bajo esa lupa de los 90 el comportamiento que hoy resulta común a los más de 60000 millones de mensajes que a lo largo del mundo se envían a diario sólo a través de las aplicaciones de WhatsApp y Messenger. Es sólo un juego, pero ese análisis implicaría la existencia de distintos estereotipos psicopatológicos que podrían ser catalogados de acuerdo al contenido de los mensajes y la frecuencia de los mismos, y que tendría como resultado los siguientes patrones de personalidad:

El que utiliza las aplicaciones como vehículo de autobombo que va más allá del uso comercial de las mismas; narcisismo. El autómata del “like”; baja autoestima. El que desarrolla un uso comunicativo exagerado e insulso; soledad/predepresión. El que usa los mensajes para anunciar sus estados de ánimo y dificultades; depresivo. Los que inundan la aplicación y los grupos de fotos y sarcásticos comentarios; histrionismo. Los que se expresan mejor por escrito de lo que lo harían en una conversación hablada; inhibidos. Los que usan la red social para gritar; nerviosos. Los que simplemente buscan controlar a su pareja o amigos; posesivos/celosos. Los que utilizan el interesante y vital momento de echar un vistazo al teléfono móvil para evadirse de una situación; evitativos. Los que se dedican a administrar y crear subgrupos con el fin de criticar y lapidar a un tercero o terceros; antisociales. Los que apenas pueden pasar un momento sin conocer y testar el alcance de sus relaciones de acuerdo al número de mensajes; dependientes. Los que hacen un uso de la red social para criticar el exceso de uso de la propia red social; intolerantes. Los que utilizan 10 mensajes para decir todo aquello que se puede decir en un único texto de 20 palabras; compulsivos. Los que entran en discusión a través de la aplicación; impulsivos. Los que usan múltiples personalidades que mutan dependiendo de con quién se comunican; disociados. Y por último, los que tan sólo llevan el teléfono móvil en la mano y cada dos minutos comprueban la posible llegada de mensaje; obsesivos.

Insistimos en que esto tan sólo es un juego, y seguro que en cualquiera de éstos subtipos podemos reflejarnos hasta quienes escribimos, y aunque las formas de relaciones sociales están en plenos proceso de cambio, nuestras necesidades comunicativas obedecen a un complejo entramado emocional que va más allá de etiquetas diagnosticas o los cambios sociales, los cuales, en muchas ocasiones, tan sólo facilitan una mayor libertad para la expresión de nuestro estado emocional, aunque éste escape a nuestra intención consciente.

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