GESTIÓN DE LAS EMOCIONES

El primer axioma de nuestra existencia es el que refiere a la naturaleza emocional del ser humano. Todo nuestro comportamiento, creencias o valores se reducen a una única causa, la emoción. Alcanzar cierto control sobre nuestras emociones, las positivas, las negativas y las otras, es la base de la adaptación, la estabilidad y el desarrollo personal. Pero la tarea no es fácil, principalmente porque normalmente nos negamos a sentir, a conocer el fondo de nuestras emociones.

La emoción positiva se asocia a un estado de bienestar, felicidad e incluso exaltación. Un emoción negativa, por el contrario, implica un estado absolutamente contrario, a la vez que suscita una necesidad de cambio, donde la persona se cuestiona casi cualquier principio de su vida. En su extremo la emoción, sobre todo en su polo negativo, es un torrente que nos inunda e incluso ahoga, nos hace perder el control, como si de un estado cuasi-delirante se tratara, y en ese delirio nos consideramos, y juzgamos el mundo que nos rodea y la posición que ocupamos en éste, y llegamos a concluir en distintas “verdades sumarias” que aceptamos fruto de nuestra propia incapacidad para sentir. Aceptación… la segunda de las formas más común de sentir, que a su vez resulta un concepto tan dañino como repetido, pero ¿Qué tenemos que aceptar?

La sociedad nos “obliga” a que aceptemos el dolor, las malas rachas o que nuestro mundo se venga abajo. Que nuestro familiar enferme, muera y nosotros nos limitamos a la “aceptación”. Que nuestros padres se divorcien, que perdamos el trabajo o que nuestra pareja decida ver al de enfrente más atractivo/a también son supuestos que tenemos que aceptar. La ruina emocional debe de ser “aceptada”, porque dicen que es una de las fases del duelo y de la superación. Nos obligan a “aceptar” la propia “aceptación”, concepto que resulta similar a la castración de las emociones. En cambio, cuando la vida nos va bien y nos sonríe, cuando conseguimos un logro, cuando nuestros esfuerzos se ven premiados con resultados, nadie nos dice que lo “aceptemos”, pero nos recuerdan que la felicidad puede ser efímera, y nos previenen ante la pérdida de lo logrado. Cuanto menos resulta paradójico, pero también refiere a otra forma de castración emocional: Acepta lo malo y no te gustes en lo bueno, porque lo puedes perder.

Son dos formas extremas de sentir, o querer sentir, por un lado el delirio de la inundación emocional; y por otro la castración de la emociones, que empieza por la aceptación y acaba en la idea de pérdida. Es algo que empieza a ser cultural.

¿Cómo sabemos que estamos gestionando mal una emoción? Cuando dejamos de ser quienes éramos, cuando la emoción nos obliga a ir de forma contraria a nuestra naturaleza, cuando, en definitiva, desperdiciamos la libertad de experimentar la angustia del dolor o la alegría. Gestionar una emoción es un ejercicio único, porque las emociones no se parecen entre si, ni tampoco son iguales de una persona a otra, ni siquiera ante sucesos aparentemente iguales, depende de nuestro momento.

Para gestionar nuestras emociones antes tendremos que asumir tres reglas: la primera es aquella que refiere a que nuestra forma de sentir es única, y el dolor, al igual que el júbilo, la angustia o el deseo, nos pertenece sólo a nosotros mismos y no necesita de imposiciones ni límites.

La segunda de las reglas refiere acerca de no equivocar nuestra emoción. Nuestros estados emocionales tienen que ser circunscritos al fenómeno o factor que los suscita. Es el ejercicio más complicado al que nos enfrentamos, una lucha con nosotros mismos que normalmente debería de vencernos, pero ante la cual no nos podemos dar por vencidos. De su resolución nace una nueva persona, más capaz, más equilibrada y más desarrollada.

Y por último, la tercera de las reglas, sentir sin necesidad de hacernos preguntas, sentir sin presión, sentir sin miedo… solamente sentir y, por qué no, regodearnos en nuestros propios sentimientos.

Cuando dejamos que los demás nos pongan límites a nuestros sentimientos y emociones; cuando éstas nos desbordan hasta el punto de cuestionarnos nuestra propia existencia; o cuando tememos nuestra propia angustia y luchamos por escapar de los sentimientos, entonces nos volvemos mediocres, nos deshumanizamos y perdemos una parte de nosotros mismos creyendo que la anestesia resulta el mejor de los remedios.

Las emociones son a la vez motor y combustible de nuestra vida, y casi todos los días de nuestra vida nos pondrán a prueba, pero sólo en unas pocas ocasiones trataran de someternos, es entonces cuando podemos aprovechar esas oportunidades únicas para conocernos a nosotros mismos y seguir creciendo.

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