Patología dual y su implicación legal

Según datos publicados por Instituciones Penitenciarias el 9,6% de población reclusa presenta una patología dual, es decir, presenta una enfermedad de origen psiquiátrico coexistente con un trastorno por drogodependencias. El diagnóstico de patología dual no se encuentra representado oficialmente en la nomenclatura DSM o CIE, si bien, se estima que en aquellas personas con problemas de adicción a sustancias adictivas dicha comorbilidad patológica alcanza un porcentaje del 80%. No obstante, el concepto de “dualidad” y, a menudo, el de “multiplicidad” de desórdenes reconocidos, es muy heterogéneo y define todas las variaciones posibles de dependencia y de desórdenes psiquiátricos, así como sus combinaciones. 

Una de las explicaciones más plausibles que se dan al alto porcentaje de personas que presenta patología dual reside en el hecho de que aquellos trastornos mentales que cursan con altos niveles de impulsividad provocan en la persona un estado de malestar intenso que incita a la necesidad de un cambio en su estado cognitivo, cuyo medio más rápido es encontrado a través del uso de cualquier tipo de droga. La combinación de un alto grado de impulsividad con el abuso de sustancias, psicodepresoras o psicoestimulantes, afecta directamente al grado de contacto con la realidad y al control de las emociones de la persona, y los actos de ésta en semejante circunstancia, normalmente, van a tener un resultado posiblemente punible. 

Cuando una persona comete un delito grave, si es detenido y juzgado, generalmente le corresponde una pena proporcional al daño, tipo y características del hecho cometido, sin embargo, el Código Penal establece una serie de atenuantes y eximentes aplicables cuando una persona comete un delito y pueda demostrarse que tiene algún tipo de trastorno o enfermedad mental que influya, explique y/o justifique su conducta delictiva. Para determinar si se puede imputar este tipo de actos a un individuo se requieren dos condiciones básicas, por un lado, que en el momento de la ejecución del delito la persona disponga de un nivel adecuado de inteligencia y de comprensión de sus actos y, por otro, que goce de la libertad de su voluntad para poder escoger entre los diversos motivos de su conducta. 

El caso es que los datos indican que cerca de un 10% de la población reclusa, por el tipo de patología que presenta, pudiera ser susceptible de haber delinquido con un grado de conciencia, intelección y volición notablemente disminuido, dado que probablemente hubiesen actuado bajo los efectos de sustancias adictivas, incluso, en ausencia de estas. Y es aquí donde debemos de reflexionar sobre si realmente se ha valorado si el origen del hecho juzgado es primario o secundario a la enfermedad, y dentro de ello, si el trastorno por drogodependencia es dependiente o no de la patología mental. El adecuado distinguir de estas cuestiones implica consecuencias tan importantes como la de posibilitar el adecuado tratamiento y rehabilitación de la persona, así como el de evitar el error de equivocar la institución competente en la que delegar la responsabilidad de dicho fin. La privación de libertad y tratamiento a una persona que actúa bajo los efectos de una enfermedad mental que posiblemente incidiese en sus capacidades volitivas supone la posibilidad de tener en cuenta el atropello de los derechos constitucionales de la persona, además de sobresaturar el ya de por sí saturado sistema penitenciario.

La realidad es que estamos en camino de convertir las Instituciones Penitenciarias en centros psiquiátricos sin la dotación y los fines de estos, las cifras avalan esta reflexión, a finales del año 2008 un 25% de la población reclusa presenta un trastorno mental de los cuáles 2/3 tenían antecedentes antes de su ingreso. 

Violencia sexual

Los delincuentes sexuales suponen alrededor del 5% de la población penitenciaria en España. En lo que respecta a los casos denunciados, su frecuencia es relativamente baja, aunque probablemente el número de agresiones sexuales que no se denuncian es seguramente mayor que aquellos que terminan siendo juzgados, y es que todavía la vergüenza, el temor a las represalias y la repugnancia a revelar determinadas interioridades familiares, sobre todo en aquellos caso de violencia intrafamiliar, tienen un peso suficiente en la emoción de la víctima como para que esta convenga a no airear determinados sucesos, aún a consta de la posible repetición de los mismos. 

La impulsividad sexual, la búsqueda de estímulos sexuales nuevos y la presencia de un componente agresivo son algunas de las características comunes en la mayoría de los agresores sexuales. Otras características, pero con menor peso específico, son la presencia de una historia delictiva múltiple, el consumo abusivo de alcohol y drogas y un bajo nivel socioeconómico. No obstante, definir un patrón prototípico de agresor sexual, a día de hoy, resulta casi imposible, dado que no presenta ninguna característica exclusiva o diferente de otros sociopatas, si bien, el paso siguiente del agresor sexual es el salto a un perfil psicopático con una sublimación exclusivamente sexual.

Lo complejo de la génesis y evolución de los agresores sexuales hace que cualquier medida preventiva a tomar, o cualquier solución tipo castración química, sea cuestionable en cuanto a la verdadera eficacia de las mismas. Entre los reincidentes, los datos que se manejan hablan de un porcentaje de recaídas que puede oscilar entre el 33% y el 71% de los casos, tal disparidad es propia de la aplicación de soluciones con resultados próximos al azar, si bien es cierto que entre los agresores primarios la posibilidad de reincidencia se encuentra en torno al 20%.

La explicación a los desoladores resultados obtenidos con los delincuentes reincidentes se encuentra en la posibilidad de que una mayoría de estos puedan haber dado el salto a la psicopatía, y aunque su mecánica operativa siga siendo sexual, la base emocional de su comportamiento deja de serlo. La distorsión cognitiva que padecen implica la obtención del placer a través de la humillación, el sometimiento y el terror que experimentan sus víctimas, y ese placer revierte en una conducta de características propias de un comportamiento adictivo.Las medidas preventivas o cautelares a tomar una vez que estos delincuentes cumplen condena son complicadas en cuanto que los derechos como persona libre puedan verse vulnerados. En estos casos, al igual que en otros muchos, el sistema judicial necesita de una amplia revisión y de la toma de medidas acertadas en pos de garantizar uno de los principales fundamentos para el cual es concebido el sistema penitenciario, la reinserción social. Por ello, no se puede permanecer ciego o mirar hacía otro lado cuando se conoce de la ineficacia y esterilidad de una medida.

La alta probabilidad de reincidencia en determinado grupo de agresores sexuales y los escasos resultados clínicos obtenidos sobre estos durante el tiempo que permanecen en prisión, son hechos objetivos y que per se justifican la obligación de medidas posteriores a la puesta en libertad y un severo control de su cumplimiento sin que tengamos que debatir sobre cuestiones como el derecho al honor o la intimidad. 

La semilla del terror

Desde los atentados del 11 de septiembre de 2001 el gobierno estadounidense, a través del colateralmente creado Ministerio de “protección nacional”, ha destinado generosas subvenciones a universidades de renombre para la investigación y estudio del terrorismo organizado uniéndose así a otras líneas que en el mismo sentido vienen trabajándose en Europa y Oriente Medio. Dichos proyectos tratan de introducirse en la mente terrorista y dar respuesta a preguntas tales como ¿Qué pasa por la cabeza de las personas que matan por convicciones ideológicas? ¿Qué les impulsa? ¿Quién es receptivo a la ideología extremista? 

Al contrario que el estudio del delincuente violento crónico e impulsivo, en el que a menudo podemos encontrar algún déficit o punto de origen en el comportamiento delictivo, la investigación psicológica de los grupos terroristas no parece encontrar una hipótesis común lo suficientemente sólida para dar respuestas a las preguntas que se plantean los investigadores, hasta hace tan sólo una década todo el trabajo desarrollado sobre este tema se alimentaba en buena medida de especulaciones teóricas provenientes de observaciones anecdóticas que hacían referencia a rasgos típicos de personalidad terrorista y otras ideas superadas desde hace tiempo.

Las condiciones bajo las que discurre la investigación empírica del terrorismo constituye uno de los dominios más difíciles de la psicología, mas aún, si tenemos en cuenta los problemas derivados de las estrategias que se adivinan más fructíferas para el avance de aportaciones en éste proyecto, como son los estudios centrados en el contacto directo con terroristas encarcelados y las aportaciones de rehenes de actos terroristas, como es el caso de los supervivientes del asalto a la escuela de Beslan el 1 de septiembre de 2004 o los del secuestro y posterior masacre producida en el teatro de Moscú en octubre de 2002, por citar algunos de los actos desgraciadamente mas conocidos. De estos estudios se desprenden algunas de las teorías mas interesantes y a su vez paradójicas, muy al contrario a lo que en un principio pudiéramos considerar, el sinsentido de la personalidad terrorista, como parte integrante de un grupo ideológicamente organizado, no parece obedecer al perfil de un “loco demente”, muy al contrario, desde las distintas investigaciones efectuadas no se han evidenciado indicio alguno de trastornos psicóticos y por lo general no cumplen criterios para diagnosticarles de enfermedades psiquiátricas, por tanto, el comportamiento atroz, e incoherente de estos individuos parece basarse en una forma corporativa supraracionalizada absolutamente deshumanizada.

Así mismo, otras interesantes líneas de investigación teórica subrayan la importancia de los condicionantes históricos de carácter traumático y su huella social. En un estudio, todavía abierto entre la población musulmana de la franja de Gaza, el 70% de los mas de 900 jóvenes entrevistados habían sufrido traumas graves en forma de ataques a sus escuelas y/o asaltos nocturnos a sus casas y manifestaban un fuerte deseo de venganza. La conexión entre traumatización y terrorismo no queda ahí, desde el Centro de Salud Psíquica de Gaza, el famoso psiquiatra palestino Eyad El-Sarraj informa como muchos de los autores de atentados suicidas de la segunda entifada (2000-2005) habían tenido que contemplar de niños humillaciones, violaciones y asesinatos de sus familiares. 

De probarse esta conexión, el fin de contiendas históricas con un trágico balance sangriento no parece ni mucho menos cercano, al ataque de unos siempre le seguirá una respuesta del otro con toda la contundencia que sea capaz en ese momento, y lo más desolador de todo ello es la racionalización que de estos actos puedan llegar hacerse. 

 

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